21:27 h. Miércoles, 20 de Septiembre de 2017

El Periódico de José Luis Gómez

José Luis Gómez

Líderes políticos y económicos cambian sus papeles

Periodista

José Luis Gómez | 27 de Marzo de 2011

Las cosas de la política y de la economía española están resituándose de tal manera que parecen sorprendentes –véase el apoyo de Emilio Botín al presidente Rodríguez Zapatero–, aunque en realidad no es para tanto.

Las cosas de la política y de la economía española están resituándose de tal manera que parecen sorprendentes –véase el apoyo de Emilio Botín al presidente Rodríguez Zapatero–, aunque en realidad no es para tanto. Todo tiene su origen en la asunción por parte de ZP de las medidas impuestas a España desde la Unión Europea, en general antipáticas pero inevitables en el marco del euro y de la estrategia de la canciller Angela Merkel. Zapatero gobierna ahora con un programa que no es el suyo, el PSOE acusa el golpe, el superbanquero Botín le respalda y Mariano Rajoy aguarda la caída de la fruta madura, sabedor de que cuanto más se queme Zapatero adoptando medidas impopulares, menos marrones le quedarán a él, si finalmente llega a la Moncloa. Es un juego político un tanto perverso porque en el fondo nadie está en su sitio, pero es el único juego que hay una vez que Zapatero decidió seguir al frente del Gobierno, asumiendo el arreglo de las cuentas públicas y pagando las consecuencias de haber financiado el consumo interno con excesivo ahorro exterior, lo cual más que un problema del sector público es un embolado del sector privado.

Casi todo lo que está pasando en España –pensiones, mercado laboral y cajas– lo ha ido adelantando en sus artículos de El País el ex presidente González, en el que converge la buena información política que maneja, fruto de sus relaciones internacionales, y los comentarios de los economistas del llamado Grupo de los Cien, donde desempeña un relevante papel el consejero del Santander Guillermo de la Dehesa, ex secretario de Estado de Economía con el propio Felipe González. Como suele decirse en los mercados, todo el ajuste hecho y por hacer lleva tiempo descontado, lo que explica que también hayan cedido ciertas presiones de esos mercados sobre el coste de la deuda española, que ahora se financia a un tipo similar al que paga Italia, muy inferior al de Portugal, aunque también superior al de Alemania y Francia.

Claro que González no se limita a analizar el corto plazo, de manera que los ajustes que se están produciendo en torno al euro no representarían un avance sustancial para contener la decadencia europea, que hunde sus raíces en la demografía, su falta de capacidad de respuesta, el corporativismo, etcétera. Europa ha progresado y vivido razonablemente bien durante los últimos 50 años y ahora le toca sufrir, frente al avance de otros países y la fortaleza de Estados Unidos, que con todos sus problemas es el país de Facebook y Google, como bien se encarga Obama de repetir.

La Unión Europea apenas ha empezado a sentar las bases de una verdadera política económica que garantice su frágil política monetaria, pero sigue sin una política de defensa y sin una política exterior común. España, por su parte, puede cumplir las indicaciones que le dan desde Alemania pero tampoco puede hacer mucho más. Ni tiene tamaño ni una economía productiva que se lo permita. Le queda el turismo, algunas empresas y bancos punteros en el mundo y poco más.

Las cosas de la política y de la economía española están resituándose de tal manera que parecen sorprendentes –véase el apoyo de Emilio Botín al presidente Rodríguez Zapatero–, aunque en realidad no es para tanto. Todo tiene su origen en la asunción por parte de ZP de las medidas impuestas a España desde la Unión Europea, en general antipáticas pero inevitables en el marco del euro y de la estrategia de la canciller Angela Merkel. Zapatero gobierna ahora con un programa que no es el suyo, el PSOE acusa el golpe, el superbanquero Botín le respalda y Mariano Rajoy aguarda la caída de la fruta madura, sabedor de que cuanto más se queme Zapatero adoptando medidas impopulares, menos marrones le quedarán a él, si finalmente llega a la Moncloa. Es un juego político un tanto perverso porque en el fondo nadie está en su sitio, pero es el único juego que hay una vez que Zapatero decidió seguir al frente del Gobierno, asumiendo el arreglo de las cuentas públicas y pagando las consecuencias de haber financiado el consumo interno con excesivo ahorro exterior, lo cual más que un problema del sector público es un embolado del sector privado.
Casi todo lo que está pasando en España –pensiones, mercado laboral y cajas– lo ha ido adelantando en sus artículos de El País el ex presidente González, en el que converge la buena información política que maneja, fruto de sus relaciones internacionales, y los comentarios de los economistas del llamado Grupo de los Cien, donde desempeña un relevante papel el consejero del Santander Guillermo de la Dehesa, ex secretario de Estado de Economía con el propio Felipe González. Como suele decirse en los mercados, todo el ajuste hecho y por hacer lleva tiempo descontado, lo que explica que también hayan cedido ciertas presiones de esos mercados sobre el coste de la deuda española, que ahora se financia a un tipo similar al que paga Italia, muy inferior al de Portugal, aunque también superior al de Alemania y Francia.
Claro que González no se limita a analizar el corto plazo, de manera que los ajustes que se están produciendo en torno al euro no representarían un avance sustancial para contener la decadencia europea, que hunde sus raíces en la demografía, su falta de capacidad de respuesta, el corporativismo, etcétera. Europa ha progresado y vivido razonablemente bien durante los últimos 50 años y ahora le toca sufrir, frente al avance de otros países y la fortaleza de Estados Unidos, que con todos sus problemas es el país de Facebook y Google, como bien se encarga Obama de repetir.
La Unión Europea apenas ha empezado a sentar las bases de una verdadera política económica que garantice su frágil política monetaria, pero sigue sin una política de defensa y sin una política exterior común. España, por su parte, puede cumplir las indicaciones que le dan desde Alemania pero tampoco puede hacer mucho más. Ni tiene tamaño ni una economía productiva que se lo permita. Le queda el turismo, algunas empresas y bancos punteros en el mundo y poco más. l
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